
Parte 1 de 2 · ~9 min de lectura
La noche en Buenos Aires caía con un aire denso, cargado de memorias enterradas bajo el cemento de la ciudad. Camila caminaba por su departamento en Palermo, sintiendo el peso del silencio. Desde la llegada de Niranya, algo dentro de ella había cambiado. Como si la presencia de la guardiana espiritual hubiese removido las capas de frialdad con las que se había envuelto durante años.
Frente a la ventana, observó las luces parpadeantes de la ciudad. Su reflejo le devolvía una mirada cansada, el eco de un pasado que nunca la había abandonado. Se sirvió una copa de vino tinto y se dejó caer en el sofá. No podía evitar recordar...
Hace siete años, en una bodega oculta en las afueras de Buenos Aires, Camila no era la mujer que es ahora. Era una joven brillante, audaz, pero también desesperada por demostrar su talento. Hija de un renombrado físico, creció entre ecuaciones, pizarras infinitas y teorías sobre los múltiples universos. Su mente privilegiada le permitió desarrollar tecnologías que iban más allá de la ciencia convencional. Pero fue su ambición lo que la llevó por un camino peligroso.
Dante.
Él había apostado todo por Camila, pero nunca fue por ella. Su interés no radicaba en la brillante científica que era, sino en lo que ella podía hacer por él. Frío, calculador, con una mente tan brillante como perversa, Dante la convirtió en su pieza clave, manipulando su sed de validación para sus propios fines. Financiaba sus experimentos con discursos sobre revolución científica, pero en realidad, todo estaba diseñado para una sola cosa: el poder absoluto.
Con su apoyo, Camila había construido algo que ni siquiera en sus sueños más oscuros había imaginado: Inframira, un dispositivo que usaba principios de mecánica cuántica, teoría de cuerdas y energía de punto cero para generar una grieta en el tejido dimensional. Era una máquina que no solo observaba otras realidades posibles: podía accederlas.
El funcionamiento era tan inestable como brillante. Inframira proyectaba un campo de resonancia en un punto fijo del espacio, generando una frecuencia de apertura capaz de alterar la constante de Planck en un microsector del espacio-tiempo. Esto creaba una fisura interdimensional, una grieta, un umbral por donde podían fluir no solo información y materia, sino también energías que la ciencia aún no comprendía. Inframira era, en esencia, una llave. Una que abría puertas que jamás debieron ser abiertas.
Para Camila, era la culminación de años de estudios secretos, teorías marginadas por la comunidad científica, cálculos obsesivos en noches de insomnio. Creyó que estaba haciendo historia.
Hasta entonces, Camila pensaba que todo formaba parte de un proyecto científico revolucionario. Dante le había hablado de colaboración internacional, de expertos interesados en estudiar los efectos de la máquina, de una posible presentación ante gobiernos o entidades científicas. Le había prometido reconocimiento, validación, incluso protección.
Pero algo cambió.
En las últimas semanas, Dante comenzó a tener reuniones a puerta cerrada en el laboratorio. Personas desconocidas llegaban en vehículos blindados, sin identificarse, y se movían por la bodega como si ya les perteneciera. Camila no recibía explicaciones. Solo evasivas y miradas que evitaban la suya.
Una noche, incapaz de resistir su creciente inquietud, decidió espiar una de esas reuniones. Se ocultó entre los pasillos del depósito, detrás de una pila de generadores, con el corazón latiendo como un tambor en su pecho.
Fue entonces cuando escuchó todo.
Dante no estaba hablando con científicos. Estaba negociando con lo que solo podía describirse como una élite oculta: traficantes de tecnología avanzada, empresarios sin escrúpulos, miembros de organizaciones que operaban al margen de cualquier ley. Hablaban de acceso privilegiado a otras dimensiones, de alterar eventos históricos a conveniencia, de eliminar adversarios sin dejar rastro, de "exportar" recursos de realidades paralelas.
El aire se volvió espeso. Cada palabra que escuchaba era una puñalada. Camila comprendió, con un nudo en el estómago, que no era una pionera científica. Había sido usada. Había construido, sin saberlo, una herramienta de dominación global. Y esos hombres no buscaban innovación: querían controlar los límites mismos del universo.
Sintió náuseas. ¿En qué me he convertido? Durante años había ignorado las señales, justificando sus acciones con la idea de que la ciencia debía evolucionar sin restricciones. Pero ahora, al ver sus teorías en manos equivocadas, supo que había cruzado una línea de la que no podía volver.
Esa misma noche, intentó confrontar a Dante.
—No podemos venderles esto —dijo con firmeza, su voz apenas controlando el temblor que la sacudía.
Dante la miró con una mezcla de burla y paciencia, como si hablara con una niña ingenua.
—Ya no es tu decisión, Camila. Fuiste brillante al diseñarlo, pero esto nunca fue tuyo. Yo lo hice posible. Sin mí, no habrías llegado hasta aquí.
Camila sintió que el aire se volvía más denso. La bodega entera parecía cerrarse sobre ella. Había confiado en Dante, en su inteligencia, en su visión. Pero ahora lo veía tal como era: un depredador que había usado su talento como arma.
—Si activamos Inframira, no sabemos qué consecuencias podría tener —insistió ella—. No está listo. Hay variables que no controlamos.
—Deja de cuestionarte. La ciencia es avance, riesgo, y tú lo sabes. Es tarde para arrepentimientos —su sonrisa se ensanchó—. Además, no creo que puedas hacer nada al respecto.
Camila sintió un escalofrío. No era una amenaza directa, pero sí una advertencia. Dante la había rodeado de gente peligrosa. Estaba atrapada. Y lo peor… ella misma les había entregado la llave del caos.
Pero Camila no pensaba rendirse.
Con la respiración contenida y el pulso acelerado, esperó hasta que la bodega quedó casi vacía. Solo quedaban Dante y dos de sus hombres de confianza, distraídos revisando datos en una terminal. Sabía que tenía una única oportunidad.
Con pasos silenciosos pero decididos, se deslizó hasta el panel de control de Inframira. Era un dispositivo del tamaño de un pequeño servidor, compuesto por anillos metálicos suspendidos sobre una base de cristal energizado. En su núcleo, un generador de energía cuántica pulsaba como un corazón artificial, alimentado por partículas subatómicas altamente inestables. La máquina no solo abría fisuras interdimensionales: las rasgaba, las moldeaba, las sostenía con una precisión casi quirúrgica. Pero si el flujo cuántico se desestabilizaba…
Camila lo sabía mejor que nadie: podía volverse un arma.
Sus dedos se movían con precisión, reconectando nodos, liberando reguladores de energía y sobrecargando la matriz principal. Conocía cada línea de código, cada circuito impreso. Había nacido de su mente. Sabía cómo matarla.
Una alarma aguda rompió el silencio. Luces rojas comenzaron a parpadear. Dante giró hacia ella, el ceño fruncido, sorprendido.
—¿Qué demonios estás haciendo?
—Lo que debería haber hecho hace mucho tiempo —respondió Camila, sin detenerse, aumentando la potencia al límite.
El aire vibró a su alrededor. Las luces titilaron, proyectando sombras danzantes sobre las paredes. Chispas emergieron del generador. El suelo empezó a temblar, como si la realidad misma protestara por la violencia energética.
Dante corrió hacia ella, furioso, pero antes de que pudiera alcanzarla, una explosión sacudió la bodega.
Una llamarada azulada devoró los equipos, reduciendo a cenizas planos, servidores y cualquier vestigio de su trabajo. El estruendo fue ensordecedor. Camila se lanzó al suelo, cubriéndose la cabeza con los brazos. Su cuerpo temblaba, pero su mente permanecía lúcida. Sabía que lo había logrado.
Inframira había dejado de existir.
Pero algo más había cruzado el umbral.
Mientras el humo se alzaba en espirales densas y el eco de la explosión se desvanecía, una grieta oscura permanecía abierta por unos segundos más, suspendida en el aire como una herida en la realidad. De ella emergió una entidad que parecía negar la luz misma: una forma humanoide, sin rostro definido, hecha de oscuridad líquida y vibrante.
La entidad flotó hacia Dante, que se arrastraba sobre los escombros con dificultad. Como una sombra inteligente, comenzó a rodearlo, deslizándose a su alrededor con movimientos ondulantes. Luego ocurrió lo imposible: se fundió con él. Como un humo consciente, penetró por su boca, sus ojos, su piel. Dante cayó al suelo, convulsionando brevemente. Luego, el silencio.
Camila se levantó con dificultad, tosiendo por el humo, el sabor a metal y ozono en la lengua. A lo lejos, vio a Dante ponerse de pie, cubierto de polvo y con una expresión que nunca olvidaría: furia pura.
—Esto no ha terminado, Camila —gruñó, su voz rasposa como una hoja de acero—. Me las vas a pagar.
Y luego, con un tono más bajo, casi como un juramento maldito:
—Escucha bien, porque no lo repetiré: cuídate de mí. Y de todos. Porque ya no sabrás en quién confiar. Algún día, cuando todo esté en calma, alguien aparecerá. Y no vendrá a hablar. Vendrá a borrarte. Como si nunca hubieras existido.
Camila, asustada por la amenaza, corrió fuera de la bodega, dejando atrás su pasado y todo lo que había construido.
Dante nunca perdona. Y menos olvida.