← El amor que trasciende · Episodio 3: EL PASADO DE CAMILA

Parte 2

Parte 2 de 2 · ~8 min de lectura

El pasado de Camila

Los días siguientes fueron una pesadilla. Camila huyó, cambiando de identidad, borrando sus huellas en cada paso como si su sombra la persiguiera. Durante años, se mantuvo en la clandestinidad, refugiándose en pequeños laboratorios independientes, tratando de entender y contener las consecuencias de lo que había hecho. Se convirtió en una científica rebelde, una mente brillante desacreditada por su pasado, pero con la firme convicción de que aún podía usar su conocimiento para hacer el bien.

Sin embargo, el miedo la acechaba en cada esquina. Cada vez que encendía su computadora para trabajar en sus teorías, cada vez que, en la calle, una mirada se detenía demasiado en ella, sentía el mismo escalofrío recorrerle la espalda. Como si el fantasma de Dante aún susurrara a su oído que no había terminado con ella.

Había aprendido a ser precavida. A vivir con un ojo en la puerta y el otro en la pantalla. Cada noche revisaba los alrededores antes de entrar a su departamento. Cambiaba de residencia cada pocos meses. Nunca usaba la misma identidad por demasiado tiempo. Había borrado casi todo rastro de su existencia, pero en el fondo sabía que no era suficiente. Dante tenía recursos. Y paciencia.

Una noche, mientras trabajaba en un pequeño taller clandestino, recibió un correo encriptado. Ningún servidor externo lo había detectado. El mensaje era breve, pero le heló la sangre:

“Nos volveremos a ver. Pronto.”

No había remitente ni rastro digital. Dante había encontrado la manera de dejarle claro que aún la vigilaba. Y que el tiempo de esconderse estaba acabando.

Hasta que Niranya apareció.

Desde el momento en que la vio, supo que había algo diferente en ella. Su energía, su mirada, su presencia... Niranya irradiaba algo imposible de explicar con la lógica científica. Y eso la aterraba. Porque Camila había construido su vida alrededor de la certeza, de los cálculos, de lo tangible. Pero Niranya representaba lo desconocido.

Y lo desconocido siempre la había fascinado y aterrorizado en partes iguales.

· · ·

Camila se sirvió más vino. Tomó la copa con más fuerza de la que pretendía, sintiendo la presión en sus dedos, como si de alguna forma intentara contener las emociones que se agolpaban en su interior. Había intentado olvidar, enterrar los recuerdos bajo una rutina de trabajo frenético, pero era inútil.

Dante no era solo un fantasma en su memoria. Era una amenaza real. Lo sabía. Lo sentía. Y ahora ese miedo se hacía aún más palpable.

Apretó la mandíbula y bebió un sorbo de vino, notando cómo el líquido le ardía en la garganta. Porque por primera vez en años sentía que tenía algo que perder.

Un sonido interrumpió sus pensamientos. Un golpe seco en la puerta.

El corazón le dio un vuelco. Su respiración se volvió superficial, cada músculo de su cuerpo tenso, preparado para reaccionar. No esperaba visitas. Nunca tenía visitas. Se levantó con cautela, dejando la copa sobre la mesa con un leve tintineo. Cada paso hacia la entrada le pareció más pesado. Contuvo el aliento y miró por la mirilla.

Era Niranya.

Camila parpadeó, desconcertada. La imagen de la guardiana espiritual, con su aura serena, contrastaba con la tormenta de emociones que la carcomía por dentro. Un extraño alivio la invadió, pero también una ansiedad inexplicable. ¿Por qué estaba allí? ¿Cómo había sabido que la necesitaba justo en ese momento?

Desbloqueó la cerradura y abrió la puerta. Niranya la observó con sus ojos profundos, su cabello negro brillando bajo la tenue luz del pasillo.

—¿Puedo pasar? —preguntó con suavidad.

Camila frunció el ceño sin darse cuenta. Niranya no llevaba abrigo, solo una manta delgada sobre los hombros, como si el frío no la afectara.

—¿Por qué viniste? —preguntó al fin, la voz apenas un susurro.

—Porque me necesitabas —respondió Niranya, como si la respuesta fuera obvia.

—¿Cómo supiste dónde vivía?

Niranya inclinó apenas la cabeza, como si considerara por un segundo la posibilidad de explicar lo inexplicable.

—No lo supe —dijo tras una pausa—. Lo sentí.

Camila la miró en silencio, su cuerpo rígido en el umbral. No sabía si esa respuesta era una evasiva, una metáfora... o una verdad que su mente se negaba a aceptar.

—Eso no tiene sentido —murmuró, como si intentara convencerse a sí misma más que a ella.

—Hay muchas cosas que no lo tienen —replicó Niranya con una sonrisa leve, casi triste—. Pero igual suceden.

Camila quiso preguntar más, exigir una explicación lógica, una coordenada, una señal rastreable. Pero algo en la mirada de Niranya la detuvo. No era arrogancia lo que veía en esos ojos. Era certeza. Una certeza antigua. Instintiva. Como si el universo le hablara de formas que ella aún no comprendía.

—Entra —dijo al fin, y se hizo a un lado.

Niranya cruzó el umbral en silencio. El aire pareció cambiar con ella.

Durante unos segundos, ninguna habló. Camila cerró la puerta con lentitud, como si el sonido pudiera romper el frágil equilibrio de ese momento. La presencia de Niranya llenaba el ambiente sin esfuerzo, como si siempre hubiera pertenecido a ese espacio.

Camila se volvió hacia ella, cruzando los brazos casi por reflejo.

—¿Tienes algún lugar donde pasar la noche? —preguntó entonces, más suavemente de lo que esperaba.

Había más misterios que respuestas, pero no podía ignorar la imagen de esa figura tranquila envuelta apenas en una manta.

Niranya no respondió de inmediato. Solo la miró, con esa paz desconcertante que parecía contener siglos de silencio.

—No tengo un lugar fijo —respondió—. Solo estoy donde se me necesita.

Camila bajó la mirada. No supo qué decir. Había pasado años cerrándose al mundo, blindándose por dentro y por fuera. Y, sin embargo, ahí estaba esa extraña mujer, como un resquicio abierto en su rutina, en su lógica. Como una promesa... o una advertencia.

Algo en su pecho se cerró y se expandió al mismo tiempo, un torbellino de emociones contradictorias. Porque supo, con una certeza aterradora, que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Verla allí, en su departamento, era casi irreal. Camila la observó mientras la guardiana recorría el lugar con una calma etérea, su mirada explorando cada rincón como si pudiera ver más allá de lo tangible. Su aura, aunque invisible para los ojos humanos, parecía alterar la energía de la habitación, impregnándola de una sensación que Camila no podía explicar: un equilibrio entre la serenidad y una inquietud desconcertante.

—Tu hogar está lleno de memorias pesadas —dijo Niranya en voz baja, pasando los dedos sobre los lomos de los libros en la estantería. Su tacto era ligero, pero parecía despertar ecos dormidos en el aire.

Camila sintió un escalofrío recorrer su espalda. ¿Cómo podía saberlo? Las sombras de su pasado, todo lo que había intentado enterrar, seguían ahí, acechando en cada rincón.

Volvió a cruzarse de brazos, incómoda, evitando su mirada.

—Eso suena a... fantasías —dijo, aunque ni ella estaba convencida.

Niranya la observó en silencio, con esa calma que parecía leer más de lo que decía.

Camila soltó un suspiro y se pasó la mano por el cabello, tratando de disipar la presión en su pecho. No entendía por qué Niranya la afectaba tanto, por qué su sola presencia removía cosas que había enterrado hacía años, cosas que nunca había permitido que nadie tocara. Pero ahí estaba. Y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió tentada a confiar en alguien.

Se dejó caer en el sofá, sus movimientos pesados por el agotamiento emocional. Levantó la mirada hacia Niranya, sus ojos reflejando una mezcla de desafío y vulnerabilidad.

—Si eres tan sabia, dime... ¿cómo se deja atrás un pasado como el mío?

Niranya se sentó a su lado con la misma suavidad con la que había recorrido el departamento. No la tocó, pero su sola cercanía desprendía un calor reconfortante, una energía que envolvía a Camila como una brisa cálida en medio de una tormenta interna.

—No se deja atrás —dijo con calma—. Se enfrenta. Y se aprende a vivir con él.

← Parte anterior Capítulo 4 🔒 Próximamente