
Parte 2 de 3 · ~3 min de lectura
—Soy de un lugar donde las emociones son tan reales como el aire que respiras —respondió Niranya, manteniendo la calma—. Y en ti... hay algo que no encaja. Algo que te consume, algo que te rodea, pero que no te deja ser completa.
Hubo un silencio. La mujer no parecía dispuesta a dejarse vulnerar por una desconocida, especialmente por alguien que hablaba de cosas que solo cabían en el mundo de las fantasías. Pero en el fondo de sus ojos, en la intensidad con que mantenía la mirada fija en Niranya, había algo que traicionaba su esfuerzo por mantenerse indiferente.
—¿Vienes a salvarme? —preguntó la mujer con una sonrisa torcida, pero sin alegría. Su tono destilaba burla, aunque en el fondo había un dejo de amargura.
Se recargó contra el respaldo del banco, cruzando los brazos con aparente indiferencia, como si quisiera dejar claro que no esperaba nada de nadie.
Niranya no titubeó. No era la respuesta lo que importaba, sino el tono sincero con que lo dijo.
—No vengo a salvarte. Vengo a entenderte. Y, si me lo permites, a ayudarte.
La mujer se rió de nuevo, esta vez sin siquiera levantar los labios. Fue una risa fría, vacía de esperanza.
—No necesito tu ayuda —dijo, con una mirada que transmitía una mezcla de frialdad y tristeza—. No necesito a nadie.
Un dolor fugaz recorrió el pecho de Niranya. Lo podía ver claramente en su aura: el miedo de no ser suficiente. La soledad tan profunda que ni siquiera podía ver el camino para sanar. Pero no iba a rendirse tan fácilmente. En Aetheris, donde las almas se despojaban de sus máscaras, Niranya había aprendido que la ayuda llegaba incluso en las formas más inesperadas.
—Todos necesitamos ayuda en algún momento —dijo, sin duda, sin vacilación—. Incluso si no quieres admitirlo.
La mujer desvió la mirada, pero en ese breve momento, Niranya vio algo brillar, algo muy fugaz pero genuino: un destello de vulnerabilidad en su aura, un rastro de miedo que se mezclaba con algo mucho más puro, mucho más humano. Fue solo un instante, pero suficiente.
—¿Quién eres realmente? —preguntó la mujer, esta vez con una suavidad inusual, como si se hubiera dejado llevar por algo que no podía controlar.
—Soy Niranya —respondió con una sonrisa cálida, el bindi de su frente brillando de manera tenue, reflejando la luz del sol—. Y tú... ¿cómo te llamas?
Camila vaciló, su mirada bajó al suelo, como si el simple acto de nombrarse le causara una tensión interna, como si revelarse fuera demasiado arriesgado. Finalmente, susurró, tan bajo que apenas se escuchó:
—Camila.
El nombre resonó en Niranya como una melodía antigua, una que había escuchado en algún rincón de su alma antes, en alguna vida pasada. La resonancia fue instantánea, profunda.
—Camila —repitió Niranya, con una suavidad que se sentía como un eco del universo—. Es un nombre hermoso.
Camila bajó la cabeza, como si la simple mención de su nombre la avergonzara. Pero Niranya vio algo más: la puerta se había entreabierto. A pesar de la muralla de hielo que Camila había levantado, algo estaba cambiando, aunque no pudiera verlo todavía.
—No sé por qué te estoy diciendo esto —murmuró Camila, casi para sí misma, como si la confesión le doliera, pero no pudiera evitarlo.
—Porque en el fondo, sabes que no estás sola —dijo Niranya, sin apartar su mirada. Con un paso sutil, se acercó un poco más—. Y porque tal vez... tal vez estás lista para dejar que alguien te ayude.