
Parte 1 de 3 · ~4 min de lectura
Niranya avanzaba por un sendero empedrado, sintiendo cómo la suave brisa jugaba con los bordes de la manta que la envolvía, acariciando su piel como un susurro de bienvenida. En la distancia, una figura solitaria se recortaba contra el reflejo dorado del sol, cerca del lago. La mujer estaba sentada en un banco, tan quieta que parecía fusionarse con el paisaje. Sus ojos, fijos en el agua, buscaban algo que no era visible a simple vista, como si el reflejo de la superficie pudiera revelar secretos de un mundo más profundo.
Niranya observó con más detenimiento a la mujer que tenía delante. Era joven, con un rostro delicado y de facciones bien definidas, que contrastaban con la serenidad de su postura. Su piel blanca reflejaba la luz del sol, mientras su largo cabello castaño y lacio caía suavemente sobre sus hombros, movido solo por la brisa. Sus ojos, de un azul profundo como el cielo sin nubes, permanecían fijos en el agua, como si intentaran descifrar los secretos que esta ocultaba.
Niranya se detuvo a unos pasos de distancia, sintiendo cómo el magnetismo en su pecho se intensificaba con cada movimiento. Había algo en el aire, algo en la presencia de aquella mujer, que la atraía de una manera inexplicable. No era simple curiosidad; era una pulsión espiritual, un lazo que trascendía las barreras de las dimensiones. Su aura vibró en respuesta, como si un eco silencioso le susurrara que esa alma tenía un significado crucial en su destino.
El suave tintineo de la brisa se desvaneció mientras, con pasos lentos y medidos, Niranya se acercaba al banco. Se detuvo un instante, como si midiera el peso del momento. Su voz, tenue pero firme, rompió la quietud.
No estaba acostumbrada a los silencios llenos de palabras no dichas. En Aetheris, la comunicación era vibración pura: pensamientos que se entrelazaban sin necesidad de sonidos ni formas. Pero aquí, debía aprender a traducir su esencia en palabras, a moldear lo intangible en algo que pudiera ser oído y comprendido.
Así que, simplemente, decidió intentarlo.
—¿Puedo sentarme?
La mujer no reaccionó de inmediato. Sus ojos, de un azul profundo como un cielo de invierno, se alzaron lentamente hacia ella, fríos y distantes, como si un muro invisible se interpusiera entre ambas. Finalmente, un leve movimiento de cabeza fue suficiente, una invitación tácita.
Niranya se sentó a su lado, manteniendo una distancia respetuosa.
—Este lugar es hermoso, ¿no crees? —dijo, mirando el lago que brillaba suavemente, como un espejo que reflejaba el cielo sin fin.
La mujer, sin apartar la mirada del agua, respondió con una voz vacía, casi monótona:
—Es solo agua. —Su tono no contenía la más mínima chispa de emoción, como si estuviera hablando del clima o de una piedra cualquiera.
Niranya frunció el ceño, extrañada. No era común encontrar a alguien que se mantuviera tan distante, tan cerrada. En Aetheris, las almas se conectaban fácilmente, compartían sus pensamientos y emociones. Pero aquí, en la Tierra, algo bloqueaba esa fluidez. Algo pesado y oscuro que parecía envolver a aquella mujer, atrapándola en un muro invisible.
—Veo que algo te preocupa —dijo Niranya, en un susurro que no pretendía invadir, sino ofrecer su presencia. Su voz, cargada de calma, intentó tocar algo más allá de las palabras.
La mujer giró la cabeza lentamente, sus ojos de un azul profundo fijos en Niranya, penetrantes, como si intentaran leer el alma de la joven guardiana. La pregunta salió de su boca como una daga afilada, sin suavidad alguna:
—¿Y tú qué sabes de mis preocupaciones?
Pero Niranya no retrocedió. Sintió que este era el momento clave. El momento en que la barrera de la desconfianza podría derrumbarse o reforzarse.
—No necesito saberlo para sentir que algo te pesa —dijo con suavidad, fijando su mirada en los ojos de la mujer, que ahora revelaban algo más allá del hielo: una leve grieta de dolor, de angustia contenida. —Tu aura... es diferente.
La mujer levantó una ceja, claramente sorprendida. Era evidente que nadie había hablado de su aura, al menos no de esa manera. Niranya se preguntó cuántas veces aquella mujer había sido vista de verdad, sin juicios, sin miedo.
—Mi aura, ¿eh? ¿Eres de esas que creen en energías y chakras? —La mujer dejó escapar una risa seca, pero no había rastro de diversión en ella, solo una sombra de escepticismo, de defensa.