← El amor que trasciende · Episodio 1: EL LLAMADO DE AETHERIS

Parte 2

Parte 2 de 3 · ~4 min de lectura

El jardín de Aetheris, escenario de El Amor Que Trasciende

Los Bosques de Palermo vibraban con la vitalidad de un domingo soleado. Los árboles, antiguos y majestuosos, extendían sus ramas como brazos protectores sobre los senderos empedrados. El aroma dulce de las rosas del Rosedal se mezclaba con el olor a tierra mojada, mientras el murmullo de las conversaciones y las risas de los niños llenaban el aire.

Niranya apareció en ese torbellino invisible de emociones humanas, sintiendo de inmediato el peso que llevaban. En Aetheris, las emociones fluían como ríos de luz, armoniosos y predecibles. Aquí, en la Tierra, eran un torbellino desordenado: alegría, tristeza, ansiedad, amor. Cada persona que pasaba cerca de ella emanaba una mezcla de sentimientos que la abrumaban.

Pero no era solo eso. Niranya sintió, como nunca antes, la textura de su piel, el peso de la gravedad, el latido rítmico de un corazón. Observó su nueva forma, percibiendo la solidez de un cuerpo tangible: sus manos, sus brazos, su piel cálida bajo la luz del sol. Era humana, o al menos lo parecía.

El lago cercano había sido el umbral. Un espejo de quietud donde, al emerger del portal, la energía de Aetheris se había fusionado con los elementos del mundo. El aire, el agua, la luz: todo había convergido para darle forma. Su cuerpo no pertenecía a nadie más, era una creación nueva, nacida del equilibrio entre dos dimensiones, hecha a imagen de su esencia. Una encarnación moldeada por la armonía de ambos mundos, viva y sagrada.

Sin embargo, algo estaba mal. Estaba desnuda.

En Aetheris, no había cuerpos que vestir ni formas que ocultar. Todo era luz, vibración pura, una sinfonía de esencias que se entrelazaban sin límites ni nombres. El silencio era completo, y en él, nada necesitaba ser cubierto.

Pero aquí, en la Tierra, sintió un murmullo extraño dentro de su nuevo cuerpo. Algo antiguo, instintivo, le decía que la piel debía resguardarse. No era vergüenza lo que sentía, sino una delicada inquietud.

¿Por qué los humanos envolvían sus formas? ¿Era por miedo, por pudor… o por nostalgia de lo invisible? ¿Era acaso una manera de proteger el alma que late por debajo?

El misterio la envolvía como la brisa del atardecer. En este mundo, todo parecía esconder un significado, incluso lo que apenas rozaba la superficie.

Miró a su alrededor. Había aparecido en un rincón apartado del bosque, cerca del lago, detrás de unos arbustos frondosos que la protegían de las miradas curiosas. A lo lejos, el murmullo de la ciudad seguía su curso, pero allí reinaba una calma extraña, como si el mundo la hubiera estado esperando.

Desde su escondite, observó a las personas que pasaban por los senderos. Iban cubiertas con ropas de distintos colores y texturas. Niranya las miró con atención, tratando de descifrar ese lenguaje silencioso que parecía decir algo de cada uno.

—Debo entender esto —pensó—. Hay significado en cada forma, en cada tela.

Junto a una valla de madera que bordeaba el sendero del lago, colgaba una manta, como si alguien la hubiera olvidado allí. Niranya se acercó despacio, sintiendo la humedad del césped bajo sus pies, y la tomó con cuidado. Era suave, algo desgastada por el uso, pero aún cálida.

La envolvió alrededor de su cuerpo, no por vergüenza, sino como una manera de adaptarse, de mezclarse con ese nuevo mundo. Aunque era algo simple, le dio una sensación extraña de pertenencia, como si aquella manta fuera su primer puente con la humanidad.

Se acercó a una fuente cercana donde pudo mirar su reflejo. Era el de una joven de cabello negro azabache, cuyas suaves ondas descendían casi hasta la cintura. Sus ojos, de un tono marrón claro, eran rasgados, con una forma que le daba un aire misterioso y exótico. Su piel era blanca, casi translúcida, como si una luz interior la iluminara sutilmente. En su frente, un pequeño bindi centelleaba con un resplandor apenas perceptible, como si resguardara un secreto antiguo. Su aura violeta aún era visible, aunque ahora permanecía contenida dentro de un cuerpo humano.

—¿Cómo funciona esto? —se preguntó en un susurro, recorriendo su piel con los dedos, maravillada por su calidez, por su densidad—. ¿Cómo hacen los humanos para no flotar, para permanecer anclados al suelo? ¿Cómo respiran sin notarlo, como si la vida misma no mereciera ser contemplada a cada instante?

Pero el asombro debía esperar. Su propósito no era contemplar, sino actuar. Había venido a sanar, a tocar las fibras invisibles del alma humana.

Entonces lo sintió.

Un hombre estaba sentado en un banco cercano, su figura encorvada por un dolor invisible. Su aura era gris y opaca, como una tormenta detenida en el tiempo. Niranya se acercó, despacio, dejándose guiar por la vibración de esa tristeza densa que lo envolvía, tan real como la humedad en el aire.

—¿Puedo ayudarlo? —preguntó con suavidad, su voz como una caricia en el aire.

El hombre la miró, confundido y algo desconcertado.

—¿Quién eres tú? —preguntó con voz quebrada, como si la simple idea de ayuda le pareciera un lujo distante.

—Soy alguien que quiere ayudarlo —respondió Niranya, extendiendo la mano con una calidez que contrastaba con la frialdad que él irradiaba.

Él la observó, desconfiado, como si pudiera ver en sus ojos la fragilidad que había intentado esconder durante años. Sus ojos, hundidos y sombríos, reflejaban un dolor profundo, una desesperanza que le había robado la luz.

—¿Por qué querrías ayudarme? —preguntó con un susurro seco, casi burlón—. No me conoces. No sabes nada de mí.

← Parte anterior Parte siguiente →